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¿HACIA DÓNDE CAMINA DELCY?

 


Delcy Rodríguez está parada en el punto exacto donde la política sale del plano del discurso y se convierte en un mecanismo de supervivencia. No la supervivencia de Venezuela, sino la supervivencia de un ecosistema: el madurismo como red de lealtades a ultranza, negocios más opacos que claros, mandos armados, instituciones capturadas y mitologías de “soberanía” usadas para justificarlo todo.

Delcy se encuentra en un dilema perturbador: ¿Cómo se administra una transición bajo coacción externa sin romper por dentro el bloque político que te sostiene? ¿Se obedece a Trump para conservar poder, o se simula obediencia para estirar el tiempo hasta que Trump se vaya? En esa tensión —entre la presión de Washington y las exigencias del aparato dictatorial— aparece la figura de “la Delcy que habla” y “la Delcy que actúa”: dos rostros que no necesariamente se contradicen, sino que cumplen funciones distintas en un mismo tablero.

Desde su juramentación como presidenta encargada, el dato central no es solo el cambio de cargo, sino la manera en que llega: tras la captura de Maduro y una reconfiguración acelerada del mando político-militar, con una institucionalidad (TSJ, AN, alto mando) operando para producir continuidad con otro rostro. 

Esa forma de “transición” no nace como ruptura ética, sino como reacomodo de élites: conservar el esqueleto del régimen, cambiar al conductor del autobús, negociar con el nuevo sheriff. 

En términos políticos, Delcy no hereda un país: hereda una ecuación. Y esa ecuación tiene dos variables dominantes: (1) la capacidad coercitiva de EE. UU. y (2) la necesidad del madurismo de conservar cohesión interna para no implosionar.

En las horas iniciales el tono de Delcy fue de desafío: se registran declaraciones donde insiste en que el “único” presidente es Nicolás Maduro y activa mecanismos de defensa interna, incluyendo la remisión de un decreto de “conmoción exterior” al TSJ para su ejecución. 

Ese momento es clave porque revela la primera capa de este personaje de "Juego de Tronos": Delcy no se presenta como la administradora dócil de una tutela extranjera; se presenta como guardiana de la continuidad. Eso no es un capricho retórico: es un mensaje al núcleo duro. Es la señal que necesita el madurismo para no leer su ascenso como traición consumada, sino como “contención del daño”, como “maniobra para proteger lo que queda”.

Pero esa retórica tiene un costo: si Delcy se aferra demasiado al libreto de soberanía absoluta, se hace ingobernable para la potencia que ahora define los márgenes del juego. Y ahí aparece la segunda capa.

Poco después, su discurso se mueve —no necesariamente hacia la rendición, sino hacia la ambigüedad útil—: un tono más conciliador, invitando a la cooperación y al “respeto” enmarcado en el derecho internacional.

Esta oscilación no es incoherencia; es técnica. Delcy intenta hacer dos cosas al mismo tiempo:

Hacia afuera (Washington): demostrar “operatividad” para la agenda de estabilización/recuperación/transición, evitando convertirse en un obstáculo personal para Trump y para los halcones que lo acompañan.

Hacia adentro (madurismo): conservar la narrativa de continuidad y evitar que el PSUV la lea como una agente de sustitución total; es decir: como el rostro administrativo de la derrota.

En regímenes de este tipo, el liderazgo no se mide por carisma, sino por control de fracturas. Delcy parece entender que el mayor riesgo no es Trump; el mayor riesgo es la descomposición interna: Padrino y los militares desconfiados, Diosdado y sus cuerpos de represión, cuadros civiles calculando su salida, operadores económicos buscando garantías, y una base política que necesita creer que “no todo se perdió”.

Sobre Delcy se cierne la sospecha de haber conspirado para “entregar” a Maduro o facilitar su caída. Eso circula como hipótesis en prensa y comentarios de analistas, pero rara vez como prueba verificable pública: es, sobre todo, un clima de sospecha funcional. Y aquí está el punto político fino: esa sospecha le hace daño y a la vez le sirve.

Le hace daño porque erosiona la confianza del ecosistema madurista: si el bloque cree que Delcy es el vehículo de una operación externa, la unidad se quiebra y ella cae antes de consolidarse.

Le sirve porque la convierte en la única capaz de hablarle a ambos mundos: puede presentarse ante Washington como “la que puede entregar orden” y ante el chavismo como “la que puede evitar una purga total”.

En otras palabras: Delcy intenta ocupar el lugar del “mal necesario”, la bisagra, el puente. El rostro que evita que la transición sea, para el régimen, una humillación absoluta.

Cuando María Corina Machado rechaza la legitimidad de Delcy y denuncia continuidad del régimen, también pone sobre la mesa lo que Delcy intenta evitar: una transición que no controle el estamento armado ni el entramado institucional real. Según reporta el diario El País hubo recomendaciones de inteligencia en EE. UU. sobre la gobernabilidad y el control militar como variables decisivas.

Eso ilumina por qué Delcy se vuelve “útil”: porque es, para el cálculo de Trump y Marco Rubio, el acceso más directo al aparato que manda en la calle y en los cuarteles. Y es, para el cálculo pesuvista, una garantía de que el fin de Maduro no implica automáticamente el fin del madurismo.

¿Hacia dónde se dirige Delcy?

Delcy camina hacia un objetivo que no suele decirse en voz alta: convertir la transición en continuidad administrada. No una democratización plena y rápida, sino un proceso gradual en el que ella pueda cumplir lo mínimo indispensable de la agenda de Trump para evitar sanción personal, aislamiento o remoción. Preservar lo esencial del ecosistema: mandos, redes, impunidad negociada, capacidad de veto, y control de la velocidad del cambio.

Sobrevivir a Trump: no enfrentándolo de frente, sino convirtiéndose en su interlocutora “operativa”, mientras gana tiempo para que el ciclo político estadounidense cambie y la presión se redistribuya.

Delcy no camina hacia una ruptura, sino hacia una fórmula de permanencia con reajuste. La Delcy que habla invoca soberanía para tranquilizar a los suyos; la Delcy que actúa negocia márgenes para no ser aplastada por Trump. Su destino probable —si logra mantener cohesión— es ser la administradora de una transición controlada donde el madurismo pierda el triste símbolo (Maduro) pero intente conservar el sistema.

La pregunta final no es si Delcy quiere democracia (esa categoría incomoda mucho al madurismo), sino si el país y las fuerzas sociales y la oposición tendrán capacidad de imponer que la transición deje de ser un acuerdo entre élites y se convierta en una refundación institucional real. Mientras eso no ocurra, Delcy caminará exactamente hacia donde caminan los regímenes cuando sienten el filo de la navaja: hacia una salida que parezca cambio, pero funcione como supervivencia. ¿Lo permitirá Trump? ¿Lo permitirá la oposición venezolana?


Daniel Lanza 

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